Los
callejones: antiguas vías de mis abuelos y también mías.
Estos fragmentos de grandes poetas abren mi memoria y
a la vez me llenan de una gran
melancolía por mis viejos caminos que me conducían al
mar, al río, a la quebrada, a casa de mis abuelos maternos.
Frágiles pieles
de tierra bajo el dominio del sol, el agua y el viento. Angosto y largo espacio
que sólo podía moverse hacia adelante y hacia atrás; hacia los lados era
imposible, porque los desfiles de piñuelas lo aguijoneaban con sus innumerables
púas. Sin embargo, corría y corría mientras una quebrada o río lo trataba de
desgarrar.
Delgados y viejos
caminos que en la estación seca, con una capa de polvo cubrían sus heridas,
polvo que se convertía en pizarra para que una iguana o culebra trazara una
línea que el viento o el raudo galope de un caballo, o quizás, una bandada de
perdices fuera quien lo hiciera, al tratar de desparasitarse. Polvareda en la
que era plasmado por las palomas titibú o por las pequeñas tortolitas, un
símbolo parecido al de los “hippies”.
Caminos bajo
frondosos árboles, que en época de lluvias, se hacían más delgados porque la
hierba de un lado quería abrazar a la del otro. Su capa de polvo se
transformaba en lodo y todo ser que lo pisara, esculpía una figura que otro
borraría al pasar. En torrenciales aguaceros se convertía en un efímero río,
cuyas aguas se detenían a descansar en hondonadas, para luego convertirse en un
centro de maternidad de las ranas y sapos.
Senderos
retorcidos y ondeados por los caprichos del terreno. Limitados por dos líneas
paralelas que se internaban en la tierra, producto de las carretas. Parecía que
los bueyes jugaban a borrar la huella de las otras carretas, se revivían con
las lluvias y desaparecían con la sequía.
Trillos que en
muchos años no recibieron maquillaje por un tractor de orugas o tatuajes de tractores
de llantas de hule. Caminos que nacieron sin la magia de un ingeniero. Fueron
fieles testigos de la saloma de un campesino que pensaba en su amada, testigos
de los inaudibles lamentos de una yunta de bueyes, para los que no había un
dios que los protegiera de esa eterna esclavitud.
También oyeron
la respiración ansiosa de un niño que llevaba en sus hombros viandas de arroz
con frijoles, carne frita y tajadas de plátanos, para el padre que laboraba de
sol a sol.
Hoy muchos yacen
bajo una lápida de asfalto, le han quitado el último espacio para respirar, no
verán el sol, el cielo ni se bañarán con las lluvias. Son cadáveres vivos. Jamás volveremos a grabar nuestras huellas en
la polvareda o en el lodazal.
No hay comentarios:
Publicar un comentario